La gravedad del centro de La Tierra aplicada al corazón del otro

 Esa noche.


Me deslice entre las calles cuando la luna estaba asomando y el calor del día se desprendía en el cemento del camino hasta llegar a vos. No estoy acostumbrada al cemento, mis calles son de tierra y los árboles de casa se encargan del verano mientras yo me preocupo por cosas menos trascendentales (mi vida, la tuya, lo que hay en el medio), pero la ciudad está tapada y a veces me pregunto si son las calles incómodas lo que te dificultaron llegar a casa, abrazarme y cerrar la puerta con doble llave antes de darme la mano y llevarme a dormir. 

Me comían los nervios por dentro, clavaban sus dientes en mis tripas y se llevaban pedacitos de mi a cada paso que daba, ¿Ya me estabas esperando? ¿Qué ibas a decir?.

Como de costumbre, porque en tu inconsistencia creaste una rutina, llegabas tarde. 


Me senté afuera de ese restaurante ambientado en los años 50s con la espalda recta, la mirada cansada y dos kilos menos de tripa; pasaban los minutos y movía mi abanico (el que perdí semanas después) como me imagino lo hizo alguna de mis abuelas en su momento. 

Frente a mí, del otro lado del cemento, en un balcón un chico preparaba una mesa. Lo vi silenciosamente poner el mantel, traer las sillas, servilletas, dos vasos, algo para picar, una cerveza, dudó y perdió la vista un rato en su obra de arte, si, faltaba música. Se metió a su departamento y a los minutos se escuchaba el susurro de una canción que al día de hoy ya no recuerdo, a los minutos también llegó ella. Yo seguía esforzando la vista y entretenida con la parte de una película que jamás iba a conocer por completo, vos seguías sin aparecer.

Ellos charlaban en el balcón, le alagó la mesa y el detalle supongo, él sonreía mucho, muchísimo. Y vos todavía no estabas, y para mis amigos yo no estaba ahí. Porque no le había dicho a nadie que te había respondido, al día de hoy no le dije a nadie sobre esa noche, así como tampoco jamás pude expresar por completo la manera en que haces bailar, a un ritmo errado y confuso, todas mis venas. 

El chico de enfrente tenía amor, tenía un techo y una mesa, dos sillas y en una estaba ella, me tenía a mi enfrente envidiando su alegría y lo único que yo tenía era un abanico destinado a perderse en el asiento de un remis. 


Supongo que para alguien no enamorado que haya estado viendo esta escena, alguien que trabaje en las motito mandado a media cuadra por ejemplo, nada de lo que estoy contando duró más de quince minutos. Pero para mi el tiempo de esperarte nunca paró, no hace más que crecer cada noche que no volves, que no recibo un mensaje, que no mando ninguno. 

Finalmente llegaste, con mi camisa favorita en vos y el pelo mojado, no había milímetro en tu piel que no estuviera cubierta de nervios y eso, por mal que suene cuando leas esto, calmó los míos que dejaron de morder y se aliaron a lo que me mantiene en pie para enfrentarte (cada tanto, no siempre). 

Entramos entre risas tuyas y elegimos unos asientos rosados más grandes que mi cama, un par de licuados extremadamente exagerados y nada más, ¿Nada más? me preguntaste, no, nada más. Porque tampoco voy a abusar de la bondad de esos monstruos arranca tripas, todo el mundo sabe que lo primero que te quitan es el hambre, de postre va el corazón. 

Nos habíamos visto el lunes a la noche, era viernes, la madrugada de ese lunes acordamos que no estabas lista, faltaba algo, sobraba amor (¿Puede?)

-¿Querés vivir conmigo? ¿Podrías mudarte conmigo? -Preguntaste casi amenazando pero nunca gritando, estábamos sentadas en tu auto apagado, a la vuelta de mi casa frente a la plaza con un solo árbol y una cancha de futbol. 

-Si -Te respondí segura, pero más segura estaba de que te ibas a echar para atrás- ¿Vos querés? ¿Estas lista?

Y tu mirada entonces respondió lo que tu boca no podía decirme, no estabas lista o no querías, quizá un poco de ambos dado que después hablaste sobre otra chica, otro color según dijiste ¿No acababas de decir dos segundos antes que cuando volví el mundo recuperó sus colores? Porque ese color no es mio, no me pertenece, no lo fabriqué.

A veces me pregunto si esperabas que yo las odie, si, hablemos en plural porque ella no fue la primera ni será la última. ¿Esperas que les pida que se alejen? ¿Que les cuente nuestra historia y tengan piedad de mi corazón? Me estoy riendo escribiendo esto, el problema nunca fueron los demás colores, el problema es que los míos no te bastan. 

Pero no voy a quedarme acá compadeciendome de haber amado tanto ni vas a quedarte ahí viéndome llorar por amarme desde otro lado, ese lugar a donde no llego y donde nunca estuve.


De mi mochila apoyada en esos asientos gigantes e incómodos saqué un lápiz y con una servilleta de la mesa escribí un mensaje para vos mientras tapaba con el azucarero para que no espies, tus nervios a este momento volaban por el restaurante como disparados por cada letra que yo escribía. Doblé la servilleta en ocho, muy chiquitita, y la metí en uno de tus bolsillos con la condición de que no la abrieras hasta que yo te diga. 

Para serte honesta había llegado al encuentro con no menos de tres escudos, dos hojas de miedo y mi corazón que nunca falta cuando estas vos, parece ser tu admirador. Pero para cuando salimos a tu auto mis escudos estaban rotos y las hojas se habían borroneado con agua, tu risa, o quien sabe que cosa. 

Recuerdo esta noche porque paseamos por el puente, nos paramos frente al escenario de cemento donde te hice volver para decirte que ahí, justo ahí en ese pedazo de pasto, me di cuenta que estaba perdida y completamente enamorada de vos, te sonreíste y seguimos caminando.

En un momento me preguntaste sobre la vida, qué era, o no recuerdo si la bautizaste como una poronga (un poco de razón tenes acá), y yo te dije, guiada por un libro de ese entonces, que era una serie de habitaciones compartidas: El restaurante, tu auto, un balcón. 


En el puente nos colgaban los pies por sobre el agua oscura y no podíamos mirarnos mucho tiempo antes de empezar a sentir crecer eso, a lo que no le damos nombre a veces, pero como no tengo miedo ni nada que perder voy a decirle amor. 

Cuando me rompiste el corazón, un año atrás de esta noche, sentí que gran parte de lo que soy, lo que fui y lo que estaba destinado de mi se paralizó en el tiempo, en un momento específico al que ya no podía ni tenía sentido alguno volver. 

Esa noche el tiempo estaba congelado para los demás, la noche fue tan larga que nos dio tiempo para todo, casi como si fuera una obra de teatro dividida en actos.

Acto I.

La espera, el balcón, el restaurante, la vida es una serie de habitaciones compartidas.

Acto II.

El puente, el amor, ¿vamos a comer algo?

Acto III.

El beso, la casa de tu mamá, nuestro balcón y mi puerta.


En mi defensa, para quien sea que alguna vez lea esto y me acuse de estúpida (característica de mi que no está siquiera a debate) aguanté sin besarte gran parte de la noche, pero solo hacen falta una fuente de papas fritas, una cerveza y tus ojos verdes mirándome fijo para que yo, que no soy de madera ni de cartón, juegue por un rato a que vos sos cierta, real, constante y mía. 


Y ese beso nos llevó al único lugar que supimos compartir y cuidar a lo largo de estos casi cuatro años, al mismo sillón en la casa de tu mamá donde me conté las maderas del techo, las baldosas del suelo, los barrotes de tu balcón y los casettes viejos todas esas tardes de cuarentena en que mi amor desbordaba las paredes y se calmaba solamente con una de tus caricias, un abrazo, o siquiera tu voz diciendo mi nombre con ternura. 

Temblé como una hoja de papel por largo rato mientras vos te reías triunfante en el otro extremo del sillón, te seguiste riendo y me abrazaste fuerte en el balcón de tu casa que me cuidó tantas veces. 

Y por un instante, ya llegando al final de la obra, sugeriste quedarnos, dormir juntas, abrazarme un poco más esa noche, seguir jugando.

Pero los juegos terminan y alguien gana, alguien pierde, a la noche le sigue la luz del día y ni vos estás lista para mudarnos juntas ni yo estoy lista para tener que irme como un pajarito herido después de la tormenta, a la luz del sol.


Entendiste a qué me refiero, lo sé.

Así que prendiste el auto y musicalice con canciones viejas el trayecto a casa que te sabías de memoria (lo cual me hace más difícil entender por qué nunca volviste, ni siquiera borracha) y al estacionar abajo de mi árbol me besaste el corazón tantas veces que no pude intentar contarlas, cada beso acompañado con un “te amo”, no paraste de besarme hasta que el final era impostergable.

Pero tampoco se sintió como un último beso, con vos nunca hubo últimos.


Crucé la puerta y antes de cerrarla miré atrás en ese segundo donde me sonreíste como si fueras a volver mañana, como si esos “te amo” no se fueran a quedar flotando entre las ramas hasta que un pajarito los use como suelo de su nido, como si supieras que soy tuya en cada respiro y que ni el peor de tus tratos va a borrarme, morderme o quitarme el amor.


(Servilleta doblada).

“Gracias por todo, 

con amor,      ."


Antes de dormir me acordé del chico del balcón y le desee que su noche haya salido perfecta, también pensé en la chica de los colores, en la anterior a ella, en tu mamá viendote abrazarme con fuerza desde la puerta, en la gente del bar que no se besaba y ojalá hayan sentido alguna vez la gravedad del centro de La Tierra aplicada al corazón del otro, esa fuerza física que nombraste mil veces, el amor.


Autora: Ana Belén Albornoz

Comentarios

Entradas populares